martes, 19 de julio de 2011

Crónica del Sonisphere de Getafe 2011 (segunda parte)


La segunda jornada del Sonisphere de Getafe 2011 empezó tal y como temíamos, con un calor insoportable a las tres de la tarde. Hasta entonces no se abrió el recinto, con lo que formó una cola considerable, que hubo que sortear como buenamente pudimos para poder ver a los suecos Hammerfall, que salían sólo 20 minutos después de la apertura de puertas. Como siempre, hubo alguna anécdota con los encargados de la seguridad. A mí me requisaron la crema solar, tan necesaria con ese sol implacable, porque según el vigilante “si le pones fuego se convierte en un cóctel molotov”. Eso sí, pude pasar con mi triple cadenón, con el que le podía haber abierto la cabeza a él y a sus compañeros. Así que sin protección solar y un poco de cabreo me dispuse a bajar al foso.

El deterioro del terreno tras una jornada de festival era evidente, y todo se agravó con una ventolera fortísima que empezó a la levantarse al poco tiempo. La polvareda era insoportable, y las mascarillas fueron necesarias para mucha gente, supongo que asmáticos, enfermos crónicos y alérgicos, que debieron sufrir de lo lindo. No entiendo cómo estos guerreros del Power, con una trayectoria tan rotunda aunque algo venidos a menos con sus últimos trabajos, pudieron ser situados a las tres de la tarde y con sólo media hora de tiempo. Fuimos muchos los que nos situamos en las primeras filas para escuchar una descarga muy digna. Creo que hay que reconocerles el mérito de trabajarse un concierto muy potente a pesar de que todos los elementos estaban en contra.

Abrieron con “Any means necessary”, de su penúltimo disco, cuyo estribillo es tan pegadizo que la gente, a pesar de la deshidratación y el calor, se puso a saltar al unísono. Arrancaron la moto casi sin pausa para ofrecernos “Renegade”, y volví a preguntarme quién habrá sido la luminaria que decidió que Apocalyptica debían tocar más tiempo que Hammerfall. “Blood bound” cayó con un arranque más tranquilo y semiacústico, y a partir de ahí ofrecieron un par de temas nuevos, entre ellos uno dedicado a la pasión metalera titulado “Bang your head”. En la traca final cayeron “Hammerfall” y “Let the hammer fall”. Creo que hay que reconocer a Joacim Cans y los suyos la entrega, a pesar de que considero que desde la entrada de Pontus Norgren a la guitarra han perdido algo de pegada. Quizá sea una sensación personal, pero me parece que ese chico no disfruta con lo que hace, y que son Cans y Dronjak quienes siguen tirando del carro. Si hubieran tocado a media tarde y hubieran dispuesto de media hora más, se iban en medio de un clamor. Eso sí, prometieron volver en noviembre, y ya se ha confirmado que el 10 de diciembre tocarán en Bilbao. Y allí estaremos, claro.



Las barras empezaron a colapsarse poco a poco, y la combinación de solana y viento amenazaba con convertirse en letal. En algún momento llegué a pensar que nos íbamos a morir todos antes de escuchar el primer saludo de Bruce Dickinson. Afortunadamente, el desacierto a la hora de seleccionar y situar a las bandas en orden se convirtió en nuestro aliado. La tarde seguía con Mastodon, Apocalyptica y Dream Theater, así que la mayor parte de la gente combinó la búsqueda de una posición adecuada para ver a Maiden con la visita a las barras y la búsqueda de las insuficientes sombras que nos dispusieron.

No puedo aportar gran cosa sobre Mastodon, no es una banda que me interese demasiado. Reconozco su sonido potente y original, pero su directo me parece complejo, difícil y por momentos cargante. Eso sí, hay que destacar el buen audio del que disfrutaron casi todos los grupos durante el festival. Con alguna salvedad y puntuales errores, en general pudimos escuchar con nitidez tanto el viernes como el sábado.

La espera entre grupo y grupo empezó a alargarse en exceso, y tras Mastodon era el turno de Apocalyptica. No entiendo la querencia de los promotores por este grupo para situarles en todos y cada uno de los festivales españoles. Su propuesta es atrevida, virtuosa, distinta. Pero lo es sólo durante un rato. Tienen que tirar siempre de Metallica y Sepultura para motivar a un personal que en su gran mayoría les han visto ya varias veces, y eso reduce un poco el interés. Aún así, los más incondicionales les ayudaron a cantar. Lo único interesante fue la aparición de un vocalista para ayudarles en varias piezas, entre ellas la gran “I’m not Jesus”, que sin duda es su mejor tema, cantado originalmente por el gran Corey Taylor.

Poco a poco se acercaba el momento de la verdad, y volví a sorprenderme con la capacidad de arrastre de Dream theater. Presentaban a su nuevo batería, Mike Mangini, que tiene una difícil papeleta, la de sustituir a Portnoy, y existía cierta expectación por conocer su destreza. Sí, son musicazos, pero en un festival no suele encajar un grupo que toca para músicos que, en mi opinión, es lo que hacen DT. Tocan de tal manera que el espectador sólo ve lo bien que ejecutan las notas. No hay feeling, no hay conexión con el público, no hay feedback. Sólo te plantas allí y admiras su calidad. Creo que era la tercera banda consecutiva que generaba una cierta desafección hacia el escenario.

Y es que claro, todos esperábamos lo que esprábamos. Queríamos Maiden, nuestra dosis anual. Creo que debería estar regulado por ley un concierto al año del grupo de Heavy Metal más querido de la historia. Aún con el día sonó el “Doctor, doctor” y la sangre empezó a bombear desde nuestros corazones deseando asistir a la espectacular salida a la escena que ofrecen cada noche, como la banda más profesional del género que son. Nunca fallan, lo dan todo y respetan como nadie a los fans. Y sólo por eso merecen nuestro agradecimiento, al margen de que nos gusten más o menos los temas que seleccionan en el repertorio.

Tras los UFO, empezó la larga y tediosa intro que encabeza el “The final frontier” que nos venían a presentar. Un número 1 en 22 países que, sin embargo, nos ha dejado fríos. Esa es la verdad. Pudimos observar un despliegue escénico espectacular, con la batería de Nicko en medio, impresionante, y la disposición en dos alturas para que Bruce pueda moverse a su antojo. Acabó la intro de cuatro minutos y medio y ahí salieron, en tromba, para atacar con “The final frontier”, que es una canción que me engancha, de lo poco del disco que me engancha. Y la disfruté, pero enseguida me percaté de que la mayoría estaba allí, como casi siempre, por “The trooper”, “The number of the beast” y otras tantas que no iban a tocar esa noche. La primera se fundió con “El Dorado”, con el bajo de Harris cabalgando sobre todos los demás.

Hay otro detalle que empieza a ser más que un detalle, y es la poca presencia del gran Adrian Smith en una banda de tres guitarristas. Janick Gers hace demasiados solos para lo que puede ofrecer, que es mucho, pero no es tan brillante con Adrian, y yo le echo más de menos. El grupo lo estaba dando todo, y el público no, así que me empecé a defraudar un poco porque sabía que iba a faltar magia, y la verdad es que faltó. Así que no tardaron en ofrecernos “2 minutes to midnight”, y entonces sí que despertó el personal. Puños arriba y coros al unísino. Más nos valía, antes ya había preguntado Bruce si en Madrid no había “cojones”, al ver el apalanque generalizado. Los había, pero no eran muy grandes, Bruce.

La primera parte del show osciló entre temas del último disco y clásicos, lo que hacía que el calor que se obtenía en un instante se enfriara al siguiente. Eso hizo “The talisman”, que tiene una parte vibrante, pero que se pierde en oscilaciones rítmicas que rayan el tedio. Tanto que una canción tan buena como “Coming home” es recibida de nuevo con algo parecido al pasotismo. Y eso que los más incondicionales de las primeras filas lo coreaban todo. Cada día hay más diferencia entre el público español y el latinoamericano. Y eso es una lástima. Si el respetable no se entrega, no suele recibir algo especial, aunque Maiden seguían a lo suyo. Bruce sin parar, carrera va carrera viene, Nicko clavando todas y cada una de las notas, Harris apuntando con su bajo, Gers bufoneando y Adrian en un segundo plano, como siempre, pero haciendo que todo fluya.



Dance of death” continuó con la apatía generalizada, aunque yo la gocé, porque su parte más rápida me parece estupenda, pero allí se querían más clásicos, y “The trooper” satisfizo los deseos. Zamarra roja de soldado para Bruce, bandera y numerito típico. Está muy visto, pero nos da igual. Empalmaron con uno de los mejores temas de la última etapa, “The wicker man”, un clásico, con esa guitarra magnética que se te mete dentro y te obliga a saltar, ese estribillo de puños arriba y ese tramo final de “oh, oh, oh” para dejarse las cuerdas vocales. Memorable. Sin duda, fue el mejor tramo del concierto salvo la traca final, porque después cayó ese medio tiempo dedicado al sentimiento metalero, a quienes conformamos la familia Maiden, ya seamos basques, como dijo Bruce al ver una ikurriña (San Sebastián? Preguntó), Chile, Noruega, Paraguay y no sé cuántos países más estaban allí presentes. El año pasado se la dedicaban a Dio, esta vez a todos los heavies.

Todo se volvió a frenar con “When the wild wind blows”, a mi juicio el mejor tema de su último disco, una verdadera joya equiparable a “Alexander the Great”. Ya lo vi, soy de los pocos que me la sé de pe a pa. Lástima, os perdéis una gran canción. Y a partir de ahí todo fue hacia arriba pero yo me fui enfriando.

The evil that men do” la he visto varias veces, “Fear of the dark” también, aunque es impresionante la comunión que se da entre banda y público, es una canción mágica, emocionante, nos fundimos todos a una y a Bruce casi no se le oye aunque canta como los ángeles. Qué portento. Y luego va Eddie (qué feo es el Eddie de esta última etapa!) y llega “Iron maiden” para desatar el delirio y conducirnos al único parón.

Una pausa de apenas un minuto para que “The number of the beast” ponga aquello patas arriba, ya con la noche cerrada sobre nuestras cabezas y la pena porque aquello empieza a acabarse. No sin antes vaciarnos con “Hallowed be thy name”, probablemente una de las cinco mejores canciones en la historia del Heavy Metal. Allí siguen, los seis, sonriendo, corriendo, mirándonos a los 40.000 que estamos llevando en volandas un concierto que, a pesar de todo, recordaremos para siempre. “Running free”, presentaciones y despedida. Clamor, abrazos, emociones. Siempre querríamos un “Somewhere back in time”, pero ellos ofrecen cosas nuevas siempre, y eso también hay que agradecerlo.

La masa se dispersa hacia los baños y las barras, casi no hay por donde moverse pero aún queda noche. Una hora después llegaron los que, en mi opinión, fueron los grandes ganadores del Sonisphere: Twisted sister. Qué concierto, qué entrega, qué forma física y vocal mantiene Dee Snider y esta vez sí, qué gran público. Nos acercamos a las primeras filas para ver a un grupo que sólo toca 15 veces al año y que casi siempre escogen España por la legión de fans que tienen. El derroche de simpatía de Twisted fucking sister es tan arrebatadora que no nos paramos de reír.

“The kids are back” y “Stay hungry” ya indicaban que aquello prometía, y vaya si cumplieron. Snider saltó, bailó, corrió, se tiró al suelo y sólo le faltó comerse las tablas. Con “You can’t stop Rock N’ Roll” creí que se desmayaba por la velocidad con la que se movía. Pidió varias veces que se apagaran las luces para ver a la masa entregada. “Beautiful”, dijo, mientras en una de sus parrafadas, el guitarrista nos grabó con su cámara para enseñarlo en su país. Denunció los programas tipo Operación Triunfo, que encumbran a la gente en unas semanas mientras ellos son excluidos de los grandes circuitos a pesar de llevar 30 años dejándose la piel. Y no sólo ellos, citaron a Motorhead, a Kiss y a otros.

We’re not gonna take it” fue impresionante, el vídeo lo dice todo, y se remató con un “huevos con aceite” simpatiquísimo, inolvidable. Casi tanto como el “I wanna rock” que cantamos todos a saltos, y que en su tramo final Dee nos invitó a cantar usando “Rock” o “Fuck”, como quisiéramos. Se fueron para volver con “Come out and play” y “S.M.F.”, y se llevaron nuestro cariño. Espectacular descarga de TS, que están vivos, y que debieran pensar seriamente en grabar nuevo material porque ahí hay cuerda para rato. Sin duda, de lo mejorcito del Sonisphere.





A partir de ahí empezó la desbandada general, aunque aún faltaban los Uriah Heep, que dieron muestra de su talento aunque ya recibieron una respuesta fría, lógica dado el cansancio. Aún así “Easy livin’ “ remachó una buena descarga. A las tres de la madrugada, Lacuna coil pusieron punto final al festival. Tuvieron un sonido horrible, y ellos se quejaron del horario intempestivo que les tocaba pero, la verdad, esta banda no tiene demasiados recursos. Su cantante femenina no es suficiente como para levantar a unos músicos ciertamente limitados, y ese modelo que bebe de Theatre of tragedy y Evanescense a la vez lo veo bastante agotado.

De allí a la carpa, donde Rafa Basa hizo de las suyas, incluyendo una petición de aplausos para la organización, cómo no, que fue recibida con silbidos e indiferencia.

Buen nivel de grupos, malísimo emplazamiento, buen sonido y ambiente inmejorable, ese es mi balance del Sonisphere. Eso sí, volvería ahora mismo. Un festival Heavy es un universo paralelo, es libertad, vivir sin complejos y entre buen rollo. Por eso decía que estoy orgulloso de ser Heavy. Que llegue pronto el próximo.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

basura

Juan dijo...

Buena crónica,a mi me gusto el concierto y esta vez las canciones del nuevo disco me entraron muy bien, aunque siempre esperamos los clásicos de Maiden. Este Eddie no me gusta el mio es el de "Piece of Mine".

Marta dijo...

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Fati dijo...

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